LAS MUJERES DE MEDINACELI
«…, al hacerme cargo y responsable de las estaciones penitenciales del Miércoles y Viernes Santo como capataz de los pasos, concebí claramente la idea de que la exposición pública sería de alta consideración. Es inherente al cargo, especialmente cuando has de dirigir un colectivo de hombres que han de responder a tus necesidades e inquietudes para el buen desarrollo de la procesión. Además, es necesaria la coordinación, primero con aquellas personas que ostentan tu misma condición y segundo con quienes ejercen el poder decisorio en la ejecución de proyectos e iniciativas…»
Javier MACIÁ
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Al hacerme cargo y responsable de las estaciones penitenciales del Miércoles y Viernes Santo como capataz de los pasos, concebí claramente la idea de que la exposición pública sería de alta consideración.
Es inherente al cargo, especialmente cuando has de dirigir un colectivo de hombres que han de responder a tus necesidades e inquietudes para el buen desarrollo de la procesión. Además, es necesaria la coordinación, primero con aquellas personas que ostentan tu misma condición y segundo con quienes ejercen el poder decisorio en la ejecución de proyectos e iniciativas.
Para el momento que describo, mi posición en la Hermandad del Calvario ya era la de un costalero más, que ejercía de representante en la Interparroquial. Pero como nuevo capataz de Medinaceli y del Cristo de la Buena Muerte, tenía que lidiar con las impresiones de Jesús Yáñez, capataz del Calvario, de José Miguel Belloto, capataz de la Dolorosa, y con Luis Bonete, Hermano Mayor de Medinaceli.
Mi apreciado amigo y capataz, Jesús, siempre me mantuvo en alerta. Sus advertencias, explicaciones y avisos no dejaban de transmitirme que quizás en el futuro sufriese decepciones e incluso enfrentamientos, que sobrepasaran la cordialidad dialéctica.
Por otra parte, la exigencia de Luis Bonete, clara y precisa, dado que se enfrentaba al posible fracaso, habiendo puesto su confianza en un capataz novel para redimir la procesión de Medinaceli –recuerdo aquí que tras los acontecimientos del año anterior, sufrimos muchas bajas de costaleros- y más aún, para abordar la fabricación del nuevo paso de la procesión del Viernes Santo, y no recibir el varapalo de la derrota sobre una procesión recientemente estrenada, justificaban mi temblorosa ansiedad en los trabajos a realizar.
Es entonces cuando entra en escena, José Miguel Beloto. Beloto, se hizo cargo del paso de la Dolorosa con anterioridad a mi propia escenificación en los estamentos jerárquicos de la semana santa almanseña. Es decir, ya era capataz cuando yo simplemente era costalero.
Interrumpo aquí mi relato para, en justicia, enmendar mi narrativa y concretar el aspecto decisivo y más peculiar de la Archicofradía de Medinaceli. Como no puede ser de otra manera, se trata de, al tiempo que reconoceré el buen trabajo realizado por el colectivo femenino, que formaba parte de esta entidad, ajustar en la crónica, el momento en el que José Miguel Beloto se hace cargo del paso de la Dolorosa.
Muy al contrario de lo expuesto al inicio de esta larga crónica descriptiva, las mujeres de Medinaceli, fueron algo más que decisivas en la consecución y triunfo de esta refundación. Desde el primer día, aportaron abnegación y entrega en trabajos y tareas diversas, que fueron desde asistir los servicios de mayordomía y camareras, hasta procesionar como costaleras bajo las andas que portaban a María Santísima de los Dolores, cotitular de la Cofradía.
Año tras año, desde el 2000 hasta la fecha de hoy, las mujeres han dedicado en su voluntariosa afinidad cristiana, todos sus esfuerzos por mantener no solo la tradición, sino también en hacerlo de manera ejemplar y altruista.
Un grupo variado, leal y en demasiadas ocasiones conformista. Han llegado a ocupar puestos de responsabilidad, que ni siquiera en organizaciones como la Sociedad de Pastores o la propia Sociedad de la Virgen, a excepción de Isabel Ferrero, se podía imaginar en la sociedad almanseña.
Es para mi imposible ahora recordar a todas y cada una de ellas, pero es necesario mencionar a las más conocidas debido a su relación conmigo. Destacan por su implicación, Laura Cuesta, María José Cuesta, Antonia García, Lucia Gandía, María Belén Macia y María Isabel López.
Sin bien esta última ejerció de capataz del paso de la Dolorosa hasta que Beloto la relevó, todas participaron como hermanas camareras de la Virgen atendiendo las tareas necesarias en el cuidado de ropas, renovación de vestidos, adornos florales, mantenimiento del Convento, cargos en la Junta de Gobierno y por supuesto costaleras en las estaciones penitenciales propias.
El Hermano Mayor, Luis Bonete, sin lugar a dudas disfrutó de un equipo de mujeres activas, dedicadas y protagonistas reales de la Semana Santa almanseña, y es opinión de quien escribe, que nada hubiera conseguido sin su proactiva participación e implicación.
El tiempo siempre determina, y más aún cuando por afinidades, los relevos se producen fruto de las circunstancias que acompañan a esos tiempos. Llegada la hora, María Isabel cedió el testigo a Beloto en el puesto de capataz. Y posteriormente, le llegaría el turno a las demás. Pero aún hoy, mujeres como Angelita Vizcaino permanecen perennes y en primera fila para conservar las tradiciones, y el grupo de camareras se sigue manteniendo, eso sí son otras caras, otras edades y otras voluntades.
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